Navarra es una tierra que ha sido cuna de grandes artistas a lo largo de la historia, pero si hay dos nombres que hayan destacado especialmente en el ámbito de la escultura vasca, esos son Jorge Oteiza y Eduardo Chillida. Ambos son considerados como pilares básicos de la escultura contemporánea pero, ¿cómo se relacionaron estos dos genios de la escultura?

El inicio de una amistad

Jorge Oteiza y Eduardo Chillida se conocieron durante su época de estudiantes en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid. En aquel entonces, ambos se sentían atraídos por las ideas estéticas innovadoras que estaban emergiendo en Europa y que consideraban fundamentales para el desarrollo de la escultura contemporánea.

En 1948, Jorge Oteiza viajó a París para conocer de primera mano las tendencias artísticas que se estaban dando en la capital francesa. Allí, coincidió con Eduardo Chillida, quien ya se había instalado en la ciudad hacía unos años. Tras una breve conversación, se quedó gratamente sorprendido por lo que Chillida le contó acerca de su experiencia en París y su visión sobre el futuro de la escultura.

A partir de ese momento, la amistad entre ambos artistas se consolidó, resultando en una relación estrecha que les unió tanto en lo personal como en lo profesional, ya que compartían preocupaciones y deseos con respecto a la escultura.

La obra de ambos artistas

Tanto Oteiza como Chillida, a pesar de tener estilos diferentes, compartían algo fundamental: ambos buscaban en la escultura una forma de expresión pura y abstracta, alejada de cualquier influencia figurativa.

Jorge Oteiza se interesó, especialmente, por la articulación del espacio y la geometría en la escultura. En sus primeras obras, Buscaba la esencia de los objetos, simplificándolos a través de la reducción y la eliminación de todo lo superfluo. A esto denominaría más tarde, la “Escultura vacía”. Por su parte, Chillida se interesaba por el estudio de los materiales y la forma en que estos podían ser manipulados para crear formas orgánicas que expresaran movimiento.

Las obras de ambos artistas muestran cierta afinidad estética a pesar de las diferencias en la forma y la técnica utilizados para su creación. Entre las obras más destacadas de Oteiza, se encuentran “Estelas”, “Duchamp es una fuente”, “Puerta de la libertad” y “Muro de la esperanza”. Por otro lado, Chillida destacó por piezas como “Elogio del Fe” y “Cristal nº2”.

Una relación de influencias mutuas

La amistad y relación profesional entre ambos artistas, no solo fue de inspiración sino que también supuso un constante intercambio de ideas y experiencias que les ayudaron a crecer profesionalmente. Jorge Oteiza, en diversas ocasiones, habló públicamente de la importancia que la relación con su amigo Eduardo Chillida había tenido en su carrera.

Por otro lado, Eduardo Chillida influyó en la obra de Oteiza ofreciéndole nuevas perspectivas estéticas. En esa época, Oteiza estaba trabajando en una serie de esculturas abstractas denominadas “Altar rupestre”, las cuales estaban concebidas para formar parte de una exposición colectiva. Tras mostrarle sus bocetos a Chillida, este le aconsejó que trabajara la forma escultórica no como un objeto, sino como el resultado de la energía que se genera a su alrededor. Oteiza tomó en cuenta la enseñanza de su amigo y aplicó esta idea en la ejecución de sus obras posteriores.

Conclusión

La relación entre Jorge Oteiza y Eduardo Chillida fue, sin duda, fundamental para el desarrollo de la escultura vasca y española del siglo XX. Dos grandes artistas que, gracias a su amistad y estrecha relación, lograron influir y enriquecer mutuamente sus obras. Su huella perdura en la escultura hasta nuestros días, y su legado siempre será recordado.